sábado, 28 de enero de 2012

Capítulo 5: "El sabio no se sienta para lamentarse, sino que se pone alegremente a su tarea de reparar el daño hecho." William Shakespeare

“Silencio, Silencio…” eran las palabras que se repetía mentalmente Rubén y silencio es lo que había en el oscuro hall sin ventanas del primer piso de aquel antiguo edificio. Silencio es lo que retumbaba en los pisos superiores, silencio es lo que se colaba desde la entrada del Edificio.
El horrible silencio que le delataría si no conseguía contralar la frenética respiración, un silencio que le devoraba y le sumergía en una aterradora oscuridad. Rubén comenzó a asustarse ya que todo era silencio, un silencio tan intenso que parecía desmenuzarle, hacerle añicos. Y de repente….
Y de repente  un grito atronador que retumbo en las cuatro paredes de su cuarto. Rubén se había incorporado de golpe, tras despertar de la pesadilla y se encontró enredado con la sabana y el nórdico de su cama, Rubén, estaba empapado en sudor, un sudor frío que le hizo estremecerse. La sabana del colchón se había enredado en su tobillo y lo tenía dormido, al soltarlo, noto como el torrente de sangre inundaba de nuevo su extremidad.
Tenía la boca seca y totalmente pastosa, le dolía la garganta y decidió levantarse para tomar un vaso de agua. Al posar la planta descalza del pie en el suelo, tubo la sensación de que miles de agujas se le clavaban.
Tras tropezar con la gran mayoría de los muebles de la habitación dio con el interruptor de la luz y la puerta del pasillo. El uniforme de trabajo estaba bien doblado sobre un sillón de cuadros rojos y amarillos, los zapatos de punta redondeada manchados de barro a los pies de este.
Sobre la mesilla una tarjeta junto a la pistola enfundada y la radio-despertador que marcaba las cuatro de la mañana. Aún le quedaban cuatro horas para tener que despertarse.
- ¡Joder!, puta pesadilla.-  susurro mientras cruzaba cojeando el pequeño pasillo, para llegar al baño.
Encendió la luz del baño, se enjuago un poco la cara y se miro al espejo.
-Estas hecho una mierda, chaval- La sombra incipiente de unas ojeras asomaba bajo sus ojos claros, tenía los parpados hinchados por el sueño y casi no podía abrir los ojos. El aliento le olía a muerte, quizás por la mala alimentación o por la costumbre de lavarse los dientes solo por la mañana al despertarse.
Formó un cuenco con las manos y dejo que el agua rebosara, bebió un par de sorbos, mojo otra vez mas su cara y volvió a la habitación.
Cuando estaba llegando a la puerta de su cuarto, una extraña sensación le hizo girarse, esa sensación que se traduce en una especie de escalofrío. Algo no parecía estar bien.
¡TOC!!TOC!, alguien llamaba a la puerta. Rubén corrió hacia la mesilla y sacó la pistola de su funda. Se dirigió cautelosamente, sin encender la luz, hacia la puerta de la calle, miró por la mirilla, la escalera estaba a oscuras no se veía nada al otro lado.
Aguanto la respiración, y solo consiguió oír el continuo bombeo de su corazón, todo lo demás era silencio… frío y espeluznante. Tras unos segundos que le parecieron horas, decidió abrir la puerta, encendió la luz del recibidor y se encontró con la escalera totalmente vacía. No había nadie, pero si había algo.
Junto al marco de la puerta descansaba una postal, la imagen era la foto de un cuadro que le resulto familiar a Rubén, al girar la postal encontró escrito en letra cursiva y estilizada.
                                                             “De tuin der lusten”
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La habitación estaba unicamente iluminada, por un potente flexo de latón cobrizo. Sobre la mesa de madera de cedro, descansaban pilas de papeles amontonados, libros entreabiertos, una pluma y unas gafas de pasta fina, cristal grueso y patillas torcidas. Un hombre anciano, caminaba encorvado por la habitación con la mirada fija en el cuadro sustentado por el caballete de madera oscura.
Susurraba algo entre dientes, como la canción que aprendemos de niños para memorizar la tabla de multiplicar, el hombre parecía recitar algo que había memorizado. De golpe el hombre paro y ceso su recital, se encontraba frente al cuadro con los ojos abiertos como platos.
En cuestión de segundos lanzo su mano derecha al lado izquierdo del pecho. El dolor era atroz, como si le estuvieran dando una puñalada. Tomo una profunda bocanada de aire y el miedo transformo, se quedo blanco como el papel que se amontonaba en su mesa de madera de cedro.
Se acerco cogió el bolígrafo he intento escribir algo en su mano. En cuestión de segundos el anciano yacía muerto sobre el suelo de madera. Su rostro era la misma imagen del terror: ojos muy abiertos, cejas arqueadas, boca entreabierta, cuello tenso… En la mano derecha una pluma de calidad. En la muñeca izquierda un reloj que marcaba las cuatro y media de la madrugada y en la palma de esta misma mano, escrita con tinta azul, una ”m” de caligrafía medieval junto a un garabato ilegible, no pudo terminar de escribir, la muerte le reclamo antes.

domingo, 22 de enero de 2012

Capítulo 4: "Esos pedacitos de sueño, cómo los odio." Edgar Allan poe


Había bastante gente en esa plaza, una de las más concurridas de la ciudad. Él caminaba a paso ligero sorteando a las personas que se interponían ante su paso. Estaba ensimismado en sus pensamientos y andaba llevado por una inercia inconsciente. De pronto notó un fuerte tirón en la parte de atrás de su chaqueta.

─ ¡Eh señor! ¡Una monedita! ─la voz chillona se impuso al murmullo del gentío. Se giró y la cara de una mujer mayor de aspecto descuidado aparerció ante él. Tenía el pelo sucio y el rostro surcado de arrugas. Su boca dejaba entrever unos dientes amarillos alternados con huecos vacíos.
Él hizo ademán de continuar su camino pero la mujer tiró más fuerte de su chaqueta.

─ ¡Señor! ¿No me oye? ¡Una moneda por favor! ─insistió al tiempo que agitaba un bote metálico que tenía en las manos haciendo sonar las monedas de su interior.

Miguel Bayo se giró bruscamente hacia ella y la miró fijamente a los ojos. Bastaron apenas cinco segundos. El semblante de la mendiga se tornó en una expresión de miedo. Presa del pánico dio media vuelta y salió corriendo como alma que lleva el Diablo.

Caminaba junto a la valla metálica que bordeaba las ruinas de San Esteban, contemplándolas. Era un enorme recinto con restos de lo que un día fue un barrio de la Murcia musulmana. Aún se podían ver los muros separando las calles de las viviendas. Había sido descubierto hace un par de años cuando se disponían a construir un parking público y la presión social había conseguido paralizar las obras. Ahora se encontraba ahí, vallado y a la intemperie. Completamente descuidado y sin que nadie supiera qué hacer exactamente con ello.

Al llegar al final de la calle, giró a su derecha y continuó pegado a la valla hasta llegar a la fachada de la Iglesia de San Esteban. Una vez allí, sacó un papel del bolsillo del pantalón y trás echarle una ojeada comenzó a examinar la zona con detenimiento. Al cabo de un rato, encontró lo que buscaba. Entre los muros de la iglesia y la valla, había una tabla de madera apoyada.

Después de asegurarse de que no pasaba nadie por la calle, se acercó silenciosamente a la tabla y la apartó dejando libre una abertura allí donde terminaba la valla y comenzaba la piedra del muro. Se introdujo en el hueco y, sin dejar de mirar el papel que tenía en las manos, comenzó a descender hacia las ruinas por unas escaleras de piedra desgastada.

Caminaba entre las ruinas intentando ocultarse de los primeros rayos del sol de la mañana. Al llegar a un punto concreto en el interior de lo que parecían ser los restos de un palacete, se agachó y comenzó a excavar con las manos en la fría arena. Pronto notó que sus dedos se topaban con algo y se esmeró en excavar más deprisa. Apartaba la arena como si le fuera la vida en ello.

Sus ojos se abrieron de par en par y sus labios mostraron una amplia sonrisa de satisfacción cuando apareció ante él, semi-enterrado aún entre la arena, aquello que tanto tiempo llevaba buscando.



Rubén miró su reloj y vio que marcaba la una y cinco. Salió del coche y cruzó la calle. Era apenas una sombra en mitad de la noche. No había podido quitarse de la cabeza en todo el día aquellos símbolos que había visto en la pared del cuarto de la chica asesinada. Sabía que lo que iba a hacer era una locura pero tenía que hacerlo.

Había estado a punto de contárselo todo a Bonilla, su tutor, pero finalmente el miedo a hacer el ridículo le hizo cambiar de idea. Bastante tenía ya con ser el novato como para dar ahora también una imágen de niño infantil y paranoico.

Llegó al portal del edificio y se encontró la puerta abierta. Eso le ponía las cosas más fáciles para entrar, pero aún así, por algún motivo irracional hubiera preferido que estuviese cerrada.

Sin encender la luz comenzó a subir las escaleras. A través de los ventanales se filtraba algo de luz del exterior. Escuchaba su propia respiración, y también  escuchaba el silencio. El silencio más inquietante que había escuchado nunca.
Una vez en el tercer piso, se encaminó a la puerta que aún tenía el precinto de la policía con las letras “PROHIBIDO EL PASO”. Una vez frente a ella, vio que ésta estaba entornada y miró por el hueco. No distinguió nada entre la densa oscuridad.

De repente una mano cayó fuertemente sobre su hombro derecho. Rubén se sobresaltó y se giró mientras se llevaba la mano a la pistola.

─ ¡Nno no dispare! ─era la voz de un chico joven, parecía asustado.
─ ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ─preguntó Rubén apuntando al chico con el arma.
─ Mme me llamo Javi, vivo aquí. Acabo de llegar del pueblo de pasar la Navidad y me he encontrado con el piso precintado. Iba a entrar pero te he oído llegar y me he escondido. ¿Qué ha pasado aquí? ─el chico temblaba de forma violenta y no quitaba ojo de la pistola que le estaba apuntando.

Rubén bajó el arma.

─ Paula, tu compañera de piso, ha sido hallada muerta esta mañana ─era el tipo de cosas que Rubén sabía que jamás se acostumbraría a comunicar.
─ ¡¡¡¿Qué?!!! ¡¡¡Pero co... cómo?!!! ─el chico no daba crédito a lo que estaba escuchando. Tenía una mochila colgando de su hombro izquierdo.
─ Aún no está claro cómo ha sido, por eso he venido. ¿Era muy amiga tuya?
─ Bu... bueno sí, nos conocíamos desde hace año y medio. Estuvimos saliendo un par de meses pero lo dejamos y la relación se enfrió. Pero nos llevábamos bien, no teníamos más remedio si no queríamos que la convivencia fuese un infierno.

El chico, quizá por los nervios, le dio a Rubén más detalles de los que éste había pretendido obtener con una simple pregunta protocolaria.

─ Bueno, quédate aquí y tranquilízate. Yo voy a entrar a echar una ojeada.
─ ¿Puedo ir contigo? ─el chico agarró a Rubén del brazo─, no quiero quedarme aquí sólo.
─ Está bien. ¡Pero no te separes de mí y ni se te ocurra tocar nada!
─ Sí, claro.

Pasaron por debajo del precinto y se internaron en el oscuro pasillo. Al pasar por la puerta del salón, Rubén decidió entrar y examinar la zona.

─ Voy a dejar esto en mi cuarto ─murmuró Javi─, está aquí mismo ─señaló a la puerta que había enfrente.
─ Vale pero no enciendas las luces, se supone que aquí no puede entrar nadie. Y vuelve aquí enseguida.
─ No tardo nada.

Una vez sólo, Rubén examinó la estancia. Había una mesa grande con cuatro sillas. Sobre ella había un florero y un ordenador portátil. Un sofa, una mesilla, y un mueble bajo con una tele grande de las antiguas. Rubén se acercó al portátil y al mover el ratón se encenció la pantalla. La imagen de fondo era una fotografía en la que salía Paula con dos chicas más, una era morena y tenia el pelo largo y liso, y los ojos marrones. La otra era rubia, tenía el pelo algo más corto que la anterior y unos ojos verde claro. Las tres sonreían abiertamente mirando a cámara.

Rubén cerró la tapa del portátil y fue en busca de Javi. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y podía moverse con cierta soltura. Salió del salón.

─ ¿Javi? ─susurró.

Se asomó a su cuarto pero allí no había nadie.

Entonces escuchón un sonido sordo seguido de un grito desgarrador. Rubén corrió hacia el final del pasillo. Cuando llegó al umbral de la puerta del cuarto de Paula, la encontró abierta de par en par. Había un bulto en mitad de la habitación que no alcanzaba a identificar. Pero lo que sí escuchaba perfectamente era un sonido gutural que le heló la sangre. Entonces vio el resplandor de unos ojos de color rojo que lo miraban fijamente.

Encendió la luz y la escena que presenció lo dejó paralizado. En mitad del cuarto, justo donde había estado el cadáver de la chica, había una criatura encorvada. Tenía la piel de un tono oscuro, la espalda cubierta de pelo y unas manos de dedos largos que terminaban en unas garras negras y afiladas. A sus pies el cuerpo de Javi, decapitado, con el abdomen abierto, dejaba asomar sus tripas. La criatura sostenía con las garras de la mano derecha, cogida de los pelos, la cabeza del chico que tenía la mandibula desencajada y los ojos abiertos, mientra con la otra mano se llevaba a la boca un amasijo de vísceras de color azul grisáceo y las desgarraba con sus dientes afilados.

Rubén comenzó a andar lentamente hacia atrás. Sin apartar la vista de aquel ser. Entonces la criatura se incorporó. No mediría más de metro sesenta. Emitió un rugido escalofriante y sus ojos rojos se encendieron de furia justo antes de lanzarse hacia él. Pero Rubén estuvo rápido de reflejos y al salir cerró de un golpe la puerta. El sonido que produjo la criatura al chocarse contra la madera fue atronador.

Rubén corría sin mirar atrás. La adrenalina inundaba su torrente sanguíneo. Bajaba los escalones de tres en tres. Cuando iba por el primer piso, resbaló y cayó chocándose contra la pared. Intentó ponerse de pie pero notó un fuerte dolor en la pierna. Se había torcido el tobillo y no podía apoyar el pie.

Se quedó sentado, temblando de miedo, inmerso en la oscuridad. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas por el dolor. Pero por encima de todo tenía una única preocupación: permanecer en el más absoluto silencio.